La Combi

Han pasado ya 5 meses. Se fue en menos de 2 días, aunque tuve mucho tiempo para prepararme para su partida.

Su salud era frágil, llevaba ya muchos años lidiando con una enfermedad terrible, de esas que te van acabando. Pero a él no; él encontró la manera de reinventarse. Siempre fue muy bailador, fiestero y disfrutaba enormemente de un buen cognac y un cigarro. Sí, el cigarro, ese vicio que lo llevó a desarrollar un cáncer en la boca anunciado como terminal  por los médicos, pero que él, con su fuerza y testarudez venció ante todo pronóstico; sin duda, un milagro viviente.

Perdió muchas facultades en el proceso; un pedazo de paladar que tuvo que dejar ir para que a vida pudiera continuar, y con ella, aprender a abandonar muchos de los más grandes placeres de su vida: la comida por mucho tiempo, el cognac y el cigarrillo que jamás dejó, y que yo, jamás entendí.

Pasó por un proceso de profunda tristeza en el que su día a día transitaba acostado en una cama viendo películas a las cuales denomino “churros mexicanos” A la fecha no entiendo como habiendo tan grandes películas, él escogió ese género, la llamada época de oro del cine de nuestro país al cual yo, considero casi que surrealista.

Lo visitaba diario, con la esperanza de poder lograr que con mi “iluminación” de aquél entonces, ese trabajo espiritual del cual tan conocedora me sentía, pudiera siquiera darle una chispa que lo alimentara para salir de ahí; era un suplicio en vida verlo así, él siempre tan aguerrido, tan echado pa`lante, tan Méndez, la perfecta descripción de la manera que es mi familia, que nadie más la entendería más que los que hemos convivido con uno de ellos.

Con su carácter siempre tan complicado, era una pena ver que ni siquiera gritara o se enojara. Pasaron meses así, pero llegó un día que con su gran resiliencia se levantó y volvió a andar, como la famosa historia bíblica de Lázaro; renació del mundo de los muertos.

En mi afán por querer salvarlo, esa cosa tan mía que tuve desde el día que nací, de sentirme más su mamá que su hija, ideé millones de planes, muchos de ellos fallidos. Pero un día tuve la suerte de tener la gran idea, esa que le inyectó una nueva pasión en la vida.

Fue una navidad. Recuerdo que por aquellos entonces mi economía estaba por los suelos, un día decidí que ya no quería hacer publicidad y quería ser maestra de yoga, pero cuando empecé a hacerlo, me di cuenta de que tampoco quería, pero esa es otra historia, la mía, y ahora estamos hablando de la de él, tan solo una pequeña parte. 

Junté la mayoría de mis pesos y me aventuré a comprarle un barco para armar, y quién sabe de modelismo, sabe de lo que hablo, un gustito nada accesible que resultó ser la carta buena, la bien jugada.

Y ahí recomenzó todo. Esas horas muertas dejaron de ser invertidas en un televisor, para convertirse en tiempos meditativos en los que la paciencia (que después entendí) se convirtió en uno de sus placeres más grandes de su nueva vida.

Y ahí se desarrolla esta historia; Construyó muchos barcos, las tres carabelas famosas, esas que llegaron a descubrir América, entre muchos otros que le tomaron meses y meses de aprendizaje, de invertir en pequeñas muy pequeñas herramientas que ahora poseo y no encuentro cómo es que logró utilizarlas.

Y después de muchos barcos que quedarán en nuestra historia como objetos invaluables, por lo menos para nosotros, pasó a construir la combi.

Cuando la vió, me vio. Él siempre supo que por mucho que peleara con mi esencia (porque muchos años lo hizo) en mí habitaba una hippie de aquellos tiempos reencarnada en estos. Compró el primer volumen de 120 disponibles y comenzó a construirla.

Se fue quedando 11 faltantes. Y ahí está, suspendida en el tiempo, con la esperanza de ser terminada algún día. Nació un 1-11, se fue un 11-1, me dejó con 11 volúmenes faltantes y me heredó dos propiedades, una 11 y una 111. La magia de los números que poseen tanta sabiduría que aún no logro descifrar por completo, pero que me deja segura que su vida fue mágicamente planeada.

Y Un día decidí tomarla, con todas las herramientas que heredé, porque cuando vi ese pequeño taller que construyó sentí que estaba adquiriendo con él una parte de su esencia. La agarre entre mis manos e intenté continuar con el trabajo. Ese día descubrí que mi papá poseía una cualidad que jamás le conocí, la paciencia.

Solo fue una vez, y dolió tanto, causó tanta frustración que no lo he vuelto a hacer. Y aquí me encuentro, 5 meses después de su partida, escribiendo sobre este camino que recorrimos juntos, que empezamos juntos y que debemos terminar juntos, un día, uno no muy lejano, un día que yo deje de ver un televisor y esté lista para la nueva batalla.

Y a dos días de un 11 me encuentro sola, reflexiva, extrañando cada paso de este recorrido, observando por la ventana un colibrí que vino de visita para asegurarme que de alguna manera, él, uno de los más grandes amores de mi entera vida, mi padre, sigue aquí conmigo… esperando a que un día salga de este periodo triste y esté lista para comenzar de nuevo.


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