Hace un 8 de marzo

Recuerdo todo como si hubiera sido ayer, aunque en el lapso del tiempo real estipulado como un año, han pasado tantas cosas que no se si pasaron 10,  o ninguno.

Esa marcha que convocó a tantas mujeres que decidieron unirse por una misma causa, una muy importante, una que no debería de ser causa, pues no habría por que luchar por ser respetadas, escuchadas, por existir, pues la naturaleza crea por igual a ambos sexos.

Pero un día estábamos marchando, y a la semana siguiente llegó una pandemia mundial que nos hizo darnos cuenta de que daba igual ser mujeres u hombres, de un país o de otro, no importo tampoco la posición social; en realidad, no importó nada.

Y estamos un año después, levantando la misma voz por una causa que comprendo en parte, pero en otra parte ya no, y no porque esté en contra o a favor de ella; en realidad se me hace surrealista tener que “luchar” por ser, lo que me hace pensar en todas las causas que tienen que ver con cualquier tipo de diferencia humana.

Y me duele vernos como la especie que se sigue sintiendo separada  por  una causa u otra, que las barreras mentales sigan existiendo aún cuando se nos demostró con el tiempo que entre la vida y la muerte, las barreras no existen, solo existen en la mente.

Me pregunto tanto todo, me pregunto cómo es que muchas cosas siguen igual, cómo es que después de tanta muerte y desolación, después de tanto miedo, sigamos peleando por las mismas cosas.

Y ahora estoy aquí, y solo puedo hablar por mi, por lo que representa para mi vivir un 8 de marzo de un año después de la pandemia más grande que se ha vivido en mucho tiempo, lo que representa para mí ser la mujer que murió para convertirse en otra, en una nueva, en una ilusa que pensó que después de todo esto “algo cambiaría”, pero no pierdo la fe, esa nunca se pierde.

Quisiera saber con certeza que el periodo patriarcal terminó, y con patriarcal no me refiero a los hombres, pues ellos, al igual que nosotros, hemos sido víctimas del mismo. Me refiero a una época larga de desbalance, en donde lo sagrado femenino ha sido masacrado, destruído, lastimado, muy herido. Esa fuerza hermosa, poderosa, sanadora, esa que nutre hombres y mujeres, esa de apoyo, de hacer equipo, la mitad de la energía creadora, la mitad de todo lo vivo.

Me cuestiono siempre por qué como humanos llegamos a los límites de la polaridad, pasando de un lado a otro sin lograr estar nunca en medio. Y yo no quiero luchar, y no es porque no me duela el abuso, de hecho, siempre me ha dolido, cualquier abuso de todo tipo. Es simplemente porque no creo en las luchas, y eso no me hace dejar de admirar a las que si creen, a todas las que están levantando la voz y hasta los puños por una causa, una ya muy vieja, una que debió cambiar hace mucho.

Y como no me gusta luchar, a mi solo me queda hacer lo que si quiero y puedo. Y en medio de esos dos verbos existen un sin fin de cosas que quiero, que aún no puedo, y muchas que podría pero ya no quiero. Y dentro de las que ya no quiero es seguir luchando por nada, porque muchos años lo hice, contra todo, contra toda injusticia, contra todo y todos. Y es que después de tanta lucha entendí que las cosas a veces se cambian luchando, a veces, cambiándose a uno mismo.

Y dentro de las cosas que quiero hacer distintas para que cambie lo demás es amar, educar y respetar a mis hijas, sin hacer nunca alusión de su género, pues quiero borrar de su memoria ancestral la idea de que el género tiene algo que ver con algo. Quiero borrarles de la cabeza la idea de que tienen que luchar, levantar la voz, hacerse valer, quiero que todos los días crezcan sabiendo que eso ya está dado desde el inicio.

Cuando nacieron ellas recuerdo haber pensando por un periodo largo en todas aquellas mujeres que han nacido bajo el yugo del lamento de sus padres por haber nacido. Me lleno de pena el corazón pero más me dio tristeza por ellos, por todas las hermosas bendiciones que dejarán de recibir por un concepto obsoleto y lleno de ignorancia, de una época patriarcal ya añeja, que ha podrido mentes y corazones llevando al género masculino, y muchas veces también al femenino, a cometer actos atroces en el autoestima y hasta en el respeto de la misma vida.

Y me encuentro aquí, a un lado de un hombre educado por una gran mujer, y por supuesto también un gran hombre, que lo enseñaron a hacer equipo, que cuidar a sus hijas es también su trabajo, y que dejarme crecer también lo beneficia.

Y aunque estas palabras no tengan ningún punto a favor o en contra de nada, simplemente escribo; para sanar el alma, para sanar la mente colectiva, para cambiar el sufrimiento en arte y para hacerle saber al universo que estoy lista para hacer las cosas distintas. Por mis hijas, por mi, por todas las generaciones que vengan después. Para que la lucha de las que lo están haciendo valga, para que todo el sufrimiento de las ancestras sane, para que regrese el balance a la vida.

Y solo me queda agradecer a tantas grandes mujeres, también a todos los grandes hombres que han evolucionado sus consciencias para hacer de este mundo un lugar donde vivir sea un gozo. Gracias a todas las que se levantan en la lucha, también las que no, pero educan, se trabajan, se mejoran.  Gracias también a todas las generaciones de mujeres marginadas que han hecho posible que el día de hoy yo esté escribiendo; A mi padre, a mi madre, que creyeron en la educación por igual, sin importar de qué género fuimos. Gracias también a la época patriarcal por las cosas buenas que dejó y deseo con el alma que lo sagrado femenino retome su poder con el justo balance que se necesita.

Y esto, es una petición al universo, un decreto, un deseo, una futura realidad.


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