El arte, las emociones y el cruce entre ellas.

La escritura puede ser un tanto caprichosa, así me lo parece. A veces las palabras fluyen, los dedos se mueven con agilidad casi mística y parecen comandados por una energía superior, pero muchas otras  las cosas se complican, la desidia llega, las palabras no salen y los dedos simplemente no se mueven.

Lo mismo pasa con la pintura, hay días que uno se conecta directamente con la creatividad que vuela en el ambiente para todos, pero pocos estamos dispuestos a escucharla. La mente deja de tener cabida para que la magia suceda, los colores fluyan, los pinceles se muevan y uno logre materializar algo único, algo que solo al creador le pertenece.

La escritura, la pintura, toda expresión artística en general va acompañada de un sin fin de emociones, unas ligeras, otras muy densas, pero sin ellas, pienso que sería complicado escribir algo con alma o crear algo desde un lugar más profundo y real.

Las emociones… tan caprichosas o aún más que la creatividad. A veces tan contenidas, tan bien llevadas, a veces tan explosivas que no caben ya en el cuerpo, que salen de maneras poco prudentes.

Por momentos me sorprendo de todo lo que he avanzado en mi relación directa con la creatividad y las emociones. Me doy cuenta cómo he logrado crear un vehículo que me ayuda a transportarlas. Recuerdo como era antes, me observo ahora; Puedo sentirme orgullosa por el gran esfuerzo que he hecho por mejorar, porque existen personas con emociones medias, pero las mías no lo son.

Pero la vida no es lineal, y cuando ya creía que estaba todo dominado, la vida me regresa al centro del vórtice; a ese centro donde habita la oscuridad, las emociones más densas y sobre todo el poco control sobre ellas. La oscuridad que creía trabajada, superada; esa que me acabo dando cuenta que siempre existirá, por mucho que me esfuerce en transmutarla. 

Me doy cuenta que no tengo el control absoluto; que realmente no sé si algún día lo tendré, pero también forzarme a tenerlo me cansa, la culpa me consume y me pregunto si en esa autoexigencia no estoy olvidando el amor propio y la aceptación.

De momentos me observo teniendo los mismos problemas que tuve hace 10 años, o tal vez más. Me veo en una relación en la cual he pasado exactamente el mismo tiempo en ella que el que pasé sin; 18 años de los 37 que tengo intentando llegar a un punto en el que ya no haya motivo de pelea, pero ese no ha llegado, ¿acaso alguna vez a alguien le llega?

Sigo enganchándome con lo mismo, que parece distinto porque la situación se disfraza y me engaña, pero si observo un poco más, me doy cuenta que parte de los mismos errores de comunicación o del mismo ego, el ego que es tan personal y único en cada uno de nosotros.

A veces me pregunto si es que siquiera he avanzado algo. Me doy cuenta que mi mayor proceso es la persona con la que decidí compartir mi vida. Y es que él y yo somos como el agua y el aceite, igual que todas las relaciones más cercanas que decidí tener en esta experiencia llamada vida.

Me pregunto si nuestras almas firmaron este contrato en el cual nos retamos tanto, que nos ayudamos a evolucionar de esa manera, pero a veces tanto reto se hace cansado y me cuestiono si realmente es el camino correcto.

Y cuando llega la duda, me detengo que veo que solo estoy observando el lado negativo, mientras que otros días ni siquiera me cuestiono todas estas cosas, ni siquiera pienso en lo distintos que somos, porque por temporadas parecemos iguales; las cosas fluyen, nos alineamos, la comunicación existe, parece que ya superamos todo.

Y esa utopía se rompe una y otra vez con los problemas del ego, con esos que nos hacen creer que la verdad la tenemos nosotros, y nos confrontamos con espada en mano con la persona de enfrente defendiendo nuestro punto como el único válido.

Y ¿quién escribe de esto? ¿Cuánta gente se permite realmente ser vulnerable y abrir la intimidad de su casa, de su vida, para compartirla con los demás?

Nos encontramos sumergidos en una ola de positivismo en el que las frases existencialistas llenan los muros de las redes sociales haciéndonos creer que la vida de película cursi existe. Que es posible levantarte feliz todos los días a hacer ejercicio, a tener una rutina inamovible, el café caliente y espumoso o la relación sin problemas; los hijos que nunca lloran, arreglados perfectos.

Pero así no es la vida, por lo menos la mía no lo es. Y abrir todo esto no hace que mi vida no sea perfecta, claro que lo es; Porque la perfección no tiene nada que ver con la máscara impecable que hemos creado; la perfección real viene de todas las subidas y bajadas, los conflictos y resoluciones, los días alegres y también los tristes; los días en que uno se siente enamorado y feliz y también los días en los que uno se cuestiona si está con la persona correcta. Porque la perfección no se anula con la impermanencia ni con los cambios. La perfección, por lo menos para mí, es saber y aceptar que la vida así es. La perfección para mí radica en poder observar y agradecer los días buenos, y también los malos, porque de ellos, logro evolucionar.

He buscado tanto la paz mental, que las oscilaciones de mi mente bajen, que cuando lo logro me siento agradecida para en breves minutos volver a entrar al vórtice de cambios continuos y acelerados que la vida misma implica. 

Pero algo sin duda he logrado, y eso me tiene mucho más tranquila. Me doy cuenta que así es; por lo menos aquí en la tierra; por lo menos para mí.  Observo que soy un personaje distinto con cada relación que tengo; que a veces tengo conflictos fuertes pero cada día tengo más armas para solucionarlos, o por lo menos, eso quiero creer.  Que la vida me confronta con emociones fuertísimas de las cuales puedo salir, a veces más rápido, otras veces no, pero con la capacidad de observarme y saberme atrapada en ellas. Las siento en mi cuerpo, las vivo,  las lloro, las grito, las pinto, las escribo, las saco de alguna manera para al día siguiente recordar que no puedo quedarme con ninguna de ellas, porque la vida sigue, y yo debo y quiero seguir con ella; sin cargar nada, porque el peso acumulado cansa y yo, no tengo ganas de vivir cargando.

Y algunos días logro juntar las emociones; Junto varias acumuladas en el tiempo para crear algo, lo que sea, eso que sale que no es igual a nada, porque es un cruce en el tiempo entre lo que ya pasó y lo que está sucediendo mientras escribo, o pinto, o cualquier manifestación que sucede cuando la creatividad te regala un espacio para convivir con ella…


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