Y la vida continuó, pero nunca fue de nuevo la misma.

Me siento abusada. El abuso consiste en haber pagado 3 meses de un servicio telefónico que ya no ocupo, derivado de un sistema  igualmente telefónico interminable de grabaciones que te dejan en tiempos infinitos de espera.

Intento todas y cada una de las estrategias para lograr ser comunicada con la persona correcta, marco todas las opciones esperando que algún humano se apiade de mis súplicas y se haga personalmente cargo de enlazarme con el supuesto departamento que debe hacerse cargo de mi cancelación.

Pero no sucede. Día tras día de una pandemia interminable tomo el mismo teléfono, para recibir los mismos tiempos de espera, para que al final de la misma grabación de siempre, la llamada, se corte.

Voy a la ciudad a resolver los tantos pendientes que no quiero resolver, pero tengo que hacerlo. Pendientes que tienen implícito que mi padre ha muerto y hacerlos me lo recuerda.

Llego a las oficinas del imperio telefónico de mi país, las cuales  se encuentran parcialmente abiertas. Me recibe un policía con careta y tapabocas que me impide el paso pues no hay “nadie” que me atienda. Me tomo toda la calma y el tiempo para explicarle el  calvario de todos estos meses en los cuales no he tenido ni siquiera la posibilidad de una respuesta.

El policía me repite, como si no me hubiera escuchado, que las cancelaciones se realizan vía telefónica y debo tener un número de folio y regresar el módem.

Insisto, repito al misma historia preguntándole ¿pero quién me va a dar un número de folio si nadie me contesta? A lo cual me vuelve a responder que ése dato es sólo por teléfono. 

Me siento en un círculo vicioso, o mas bien, como en un sueño. Me pregunto si la persona con la que estoy hablando es un robot y yo no me he dado cuenta. Me siento frustrada, porque le he explicado 3 veces la situación y su respuesta sigue siendo la misma, aumentando la frase, yo no puedo ayudarla.

¿Entonces quién? Escucho mi voz que ha dejado de ser calmada para sonar desesperada. Mis emociones empiezan a subir por segundo; puedo sentir como mi cara empieza a calentarse, y también cómo mi voz se va quebrando entre el enojo y la desesperación que habitan en ella.

Estoy en un muy mal día; el día en que me leerán un testamento; el paso que sigue a una pérdida que me duele en el alma; el paso que rogaría ahorrarme y que nadie tuviera que leerme nada, ni darme nada, porque no quiero nada, sólo quiero que mi papá regrese y que alguien cancele el servicio que tampoco quiero.

Amenazo con no irme jamás hasta que alguien, no una grabación, un humano, me atienda. Lo veo a los ojos y le digo, ¿está usted siquiera escuchando lo que le estoy diciendo? Nuevamente recibo la misma respuesta. No puedo ayudarla.

Exijo a gritos que me dejen entrar, que soy capaz de todo si no lo hacen. Puedo recordar por un breve periodo en mi mente la película “Relatos Salvajes”.  Estoy incrédula, enojada, frustrada y profundamente herida; no con él, con mi herida, esa que no va a sanar nunca, esa que la gente dice que sí, que con el tiempo, pero hoy, yo no tengo tiempo ni energía para estar suplicándole a alguien que me resuelva algo tan simple, algo que tendrían que resolver ellos, no yo.

Mis ojos empiezan a llenarse de lágrimas y mi voz se vuelve iracunda y cuando empiezo a gritar ya de forma desmedida me dan acceso.

 Me dirijo al segundo piso de una oficina casi vacía para toparme con 3 personas. Me atiende una mujer a la cual solo puedo verle los ojos en estos tiempos de pandemia. 

Le explico mi situación, intentando nuevamente moderar mi voz, mis emociones. Una nueva ilusión de poder resolver esto, y dedicarme a los miles de pendientes que se vienen encima hoy, mañana, los días venideros.

-Su número presenta un adeudo-

Respiro  profundo, porque odio tener un adeudo de algo que ni siquiera he utilizado en meses, expongo mi situación entera, los motivos por los cuáles no he podido cancelarlo y por lo cual ahora debo.

Pero ella, con total indiferencia me contesta, debes un mes y si no lo pagas no hay nada que yo pueda hacer, ASÍ ES EL SISTEMA. No quiero pelear más, quiero solucionarlo.

Me ofrezco a bajar a la caja a pagar y traerle el módem lo antes posible pero ella solo contesta que no, que el pago tarda en pasar un día y que tendría que volver mañana.

Le explico que no vivo aquí, que he estado pasando días terribles, que lo único que quiero es terminar esto, el teléfono, el testamento, el duelo, los pendientes que me atan aquí y poder agarrar la carretera, regresar e intentar sobrellevar mi vida.

Pero ella no me entiende, y sólo me contesta que así es el sistema, que ella no puede hacer nada, no me puede ayudar, no me puede recibir y tengo que pagar algo que no he usado, porque así son las reglas.

Acabo viéndola a los ojos, gritando con todas mis fuerzas, como si ella fuera la culpable de todas mis actuales penas. Y no lo es, y yo lo sé, en el fondo, pero estoy enojada y me veo a mi misma perdiendo a tal grado la compostura que me doy pena, pero también siento impotencia, coraje, y mucha tristeza por ella, y por mí, por ser presas de ése sistema que nos ha deshumanizado a tal grado que la empatía no vislumbra siquiera en nuestro diálogo.

Me veo siendo observada por éstas 3 personas en éste espacio casi vacío. Me observan con pena, tal vez con un poco de lástima, pero nadie se acerca, nadie hace nada. Estoy sola, así me siento; el paraguas que me ha protegido toda la vida ya no está, me siento tan pequeña.

Camino a la salida en silencio, más apenada y frustrada que nunca. Decido ponerme a gritar en las redes sociales para que todos vean la impotencia que siento, que alguien lo arregle, que alguien me escuche, que alguien me entienda.

Pasan las horas, pasa el testamento, pasa el día, pasan los días y acabo dándome cuenta que todo ese trayecto era solo el pretexto para que yo, de alguna manera, pudiera sacar toda esa frustración que se siente ante la pérdida, ante la vida, ante la injusticia, ante la ausencia… pero sobre todo, ante la idea de vivir una vida que nunca volverá a ser la misma; que ya cambió, que algo esencial se convirtió en etéreo, y que yo, tengo que aprender a vivir ésta nueva vida.

Y pasa otro día, y leo una frase, y esa frase me llega al corazón. Y la vida continuó, pero nunca fue de nuevo la misma.

Dedicado a todos los que viven duelos y siguen viviendo. Con amor a todos los que pierden la cordura por momentos, pero después se toman el tiempo de reflexionar, entenderse, perdonarse y comenzar todo de nuevo.

A mi padre, a su herencia, a su legado, a su esencia.


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