Transmutando en bici

El cambio, ese fenómeno constante del cual nadie escapa… Todo cambia, nada se mantiene igual, nada en la vida. En todo el universo está presente, aun cuando le temamos, es inevitable.

Ese cambio no sólo se encuentra en nuestra vida; se encuentra en la naturaleza, en las plantas, en el tiempo, en el clima.

El clima, ese fenómeno natural que replica el cambio. En algún momento el clima fue un poco menos cambiante; sin embargo, con nuestra forma de vida, lo hemos orillado a la locura extrema, locura que va de la mano con lo impredecible.

El frío, ese estado climático que me hace sufrir… El efecto del frío en mi cuerpo podría compararse con la Kriptonita para Superman. Me debilita, me entumece; a veces, podría decir que hasta me duele.

Con la poca predicción que podemos tener sobre el clima, salí en una mañana soleada, en mi bici, como todos los días, sin imaginar ni un segundo que horas después tendría un enfrentamiento “Máscara contra cabellera” con mi principal enemigo: el frío.

Ese enfrentamiento fue tan profundo y desgarrador que acabó siendo una experiencia de vida casi mágica, hasta llegar a convertirse en un pensamiento plasmado: este artículo.

Fue de esos días en que “planeas” regresar temprano a tu casa, esa necesidad absurda de los humanos de querer controlar el tiempo aun cuando es imposible. ¡Sí, planeas regresar temprano a tu casa, cosa que sólo está en tu imaginación! Cuéntale a Dios tus planes para que se ría de ellos.

La tarde se fue descomponiendo a tal grado que le hizo honor a la frase “febrero loco” y empecé a sentir un frío del más allá, de ése que tanto me hace sufrir.

Por fin llegó el momento esperado, ese momento en el que puedes apretar “apagar equipo” y salir a tu casa. Un recuerdo llegó a mi mente: sí, salí en bici, está helando, traigo un mini suéter. Bici, frío, mini suéter. ¡DIOS MÍO!

Subí a la bici temerosa, intentado hacer milagros con el mini suéter y la bufanda de un amigo; quería taparme la cara para evitar esa horrible sensación de aire helado entrando por la nariz. Arranqué, ¡pero la bufanda resbalaba una y otra vez hacia mi cuello! Después de dos calles de estar luchando contra ella pensé: si sigo enfocando mi atención en la bufanda, lo más probable es que acabe en el hospital atropellada. ¡Tengo que enfocarme!

De un segundo a otro me llegó un pensamiento muy forever, como ésos que suelo tener casi siempre. “Si creo en la reencarnación, seguramente en algún momento viví en la naturaleza. Si así fue, mi cuerpo pudo con el frío, ¿Por qué razón no podría ahora?”.

Decidí empezar a pedalear, seguí pedaleando. Cada vez que sentía el temblor de mi cuerpo trataba de ignorarlo y sólo pensaba en seguir pedaleando, en estar presente. Mi mente se repetía una y otra vez: “ya es noche, enfócate, no pienses en el frío”.

Poco a poco ese pensamiento se fue transmitiendo hacia todo mi cuerpo; de repente, mi mente estaba en otro lado, respirando, fluyendo.

Siempre he creído que cuando te enfrentas a tus miedos, cuando rompes tus cadenas, la vida de una u otra forma te recompensa. Llegué a la calle Nuevo León, esa avenida tan transitada todos los días que en horas pico se vuelve una pesadilla.

En mi cara automáticamente se formó una sonrisa, ciclopista casi vacía. Pude observar a lo lejos a otro ciclista que, como yo, venía parado, jugando ligeramente con su bici, fluyendo, disfrutando del espacio vacío. Ambos estábamos en movimiento, respirando, mientras que el resto de la gente permanecía estática.

Llegó el momento favorito de mi día. La subida y bajada de Insurgentes a División del Norte. Amo de verdad ese momento: subida, sufres y sudas la gota gorda. Bajada: libertad absoluta.

Aun con ese frío, con ese frío que quema la cara, logré trascender la experiencia física para convertirla en algo espiritual. Ese segundo en el que sientes lo que es la libertad y el aire helado te hace recordar que estás vivo, que lo único que tienes es aquí y ahora.

En ese momento comprendí que había logrado meditar en movimiento. Enfrenté y salí victoriosa. Logré modificar una experiencia catastrófica, en un momento cúspide, de ésos que te sacan una gran sonrisa.

Llegué a mi casa feliz, orgullosa de haberlo logrado, orgullosa de haberme enfrentado contra el frío y haber salido victoriosa. Ahora mi conciencia se ha expandido. Entendí que el enemigo no es el frío, es la barrera mental llamada miedo. El día de hoy me siento un poco más libre.

Si tienes la oportunidad de bajarte de un coche y subirte a una bici, te lo recomiendo ampliamente, te aseguro que tendrás un increíble momento de desconexión, o mejor dicho, re-conexión contigo mismo. Ayudarás a tu cuerpo pues estará en movimiento,  ayudarás al mundo  pues contaminarás menos, te ayudarás a ti mismo regalándote ese espacio en donde irás atento, viviendo, transmutando en bici….

Atte: yo


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